Nunca he entendido por qué el sonido en el cine es tan exageradamente estridente. Un día, al iniciar la película con el habitual estruendo, mi hijo y yo saltamos juntos del susto. Estaba embarazada de cinco meses. ¿Cómo habría le afectado ese sobresalto? ¿Habría hecho mal yendo al cine?

 

La culpa y la angustia está presente en muchas mujeres embarazadas cuando experimentan emociones que les disgustan.

Llega un momento en la gestación en que la mujer se da cuenta de que el bebé vive todo lo que ella vive. Antes de ese momento también lo sabe, pero es en ese instante en el que se da cuenta. Es un momento intenso, conviven la euforia y la alegría de la íntima complicidad con el vértigo de la responsabilidad.

El primer impulso es no querer que el bebé sufra. Buscamos evitarle todo lo que a nosotras nos duele, nos cuesta, nos incomoda, nos irrita, nos angustia, nos constriñe, nos agota, nos frustra. Incluso se nos pasa por la cabeza ofrecerle una vida llena de paz, de alegría, de serenidad, de entusiasmo, de amor, de algodón. Como si eso fuera solo cosa nuestra. Y al lanzarnos a ello nos damos cuenta de que no siempre podemos. Vemos que intentarlo nos consume. Observamos cómo nuestros buenos momentos, igual que los malos, siguen siendo intermitentes. Ahí es cuando puede empezar a aparecer el sentimiento de culpa.

¿Culpa de qué?

¿Culpa de mostrarle al hijo cómo es la realidad y cómo la vivimos? El periodo de gestación es un periodo de aprendizaje, también para el bebé. Durante estos nueve meses el hijo vivirá la vida a través de la madre. Con cada estado que la madre atraviesa, el bebé saborea un estado hormonal determinado que asocia a una tensión muscular, unos ritmos respiratorios y cardíacos, unos sonidos o unos movimientos concretos. Y seguirá percibiendo todo esto en cada nuevo estado que la madre experimente y en las transiciones de uno a otro. El bebé va descubriendo, así, cómo es la vida ahí fuera y va adquiriendo recursos para vivirla. ¡Eso es motivo de alegría y tranquilidad!

Imaginemos una madre que solo experimenta alegría o solo tristeza

En este caso, que personalmente nunca me he encontrado y considero muy improbable, esta mujer estaría privando al hijo de experimentar toda la riqueza emocional que va a encontrar en el mundo. Y, lo más importante, le está impidiendo la experiencia del cambio y de cómo manejarse en él.

En cambio, una madre que vive un estado de tristeza, que luego evoluciona hacia la calma, luego a la alegría, luego a la inquietud, luego…, está mostrando al bebé todos estos estados posibles, la manera de transitar por ellos y de cambiar de uno a otro. Podemos decir que esto no es, ni más ni menos, que ejercer de madre.

Mostrar la realidad y cómo caminar en ella a los hijos es nuestra tarea como padres, e inicia antes del nacimiento

Hacer creer a los hijos que vienen a un mundo de color rosa para luego entregarlos a esta realidad sin herramientas para vivirla, es una opción. Probablemente ofrecerá a la madre una especie de sensación de bienestar o seguridad. Pero toda sensación que no se apoya en la realidad es enormemente frágil y volátil.

Al contrario, atravesar un momento complejo, con todo el aprendizaje, despliegue de recursos y riqueza emocional que ello conlleva y con la conciencia de que el bebé lo está viviendo con nosotras, genera una sensación de serenidad sólida y perdurable. La podremos percibir más adelante en los hijos y en nuestra relación con ellos.

Biografía: Embarazo Consciente/ Nacer crecer/

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